Crítica de "The Odyssey" (2026), de Christopher Nolan
- Mariano Viza T.

- hace 13 minutos
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El trabajo más reciente del galardonado cineasta británico Christopher Nolan ha llegado por fin a las salas. Adaptando esta vez el poema de Homero, Nolan opta por explotar aún más el formato IMAX, filmando la epopeya de Odiseo y su ansiado retorno a Ítaca. El elenco está conformado por Tom Holland, Anne Hathaway y Robert Pattinson, y encabezado por Matt Damon. En Lima puede verse en IMAX y en algunas funciones en 35 mm.
Escribe Mariano Viza T.

En The Odyssey seguimos a Odiseo, interpretado por Matt Damon, quien, tras haber peleado en Troya, busca regresar a su hogar. Sin embargo, las innumerables adversidades que enfrenta hacen que ese anhelo parezca cada vez más lejano. En Ítaca, su hijo Telémaco, interpretado por Tom Holland, aguarda su regreso aferrado a la imagen idealizada de un padre que conoce únicamente a través de los cantos sobre sus hazañas. Penélope, interpretada por Anne Hathaway, se niega a creer que su esposo ha muerto y continúa esperándolo, mientras los pretendientes que aspiran a ocupar su lugar, liderados por Antínoo (Robert Pattinson), aguardan a que abandone esa esperanza. Así, Nolan vuelve a jugar con el tiempo, una constante en su filmografía, entrelazando pasado y presente para narrar el ansiado regreso de un hombre marcado por la guerra y el de una familia que espera reencontrarse con alguien a quien casi todos dan por muerto.
No podemos distraernos con las secuencias de acción que aparecen en diversos momentos de la película. Sí, son emocionantes y quizá nunca antes había sentido tanto miedo como en la escena del cíclope, o tanta tensión como durante la entrada a Troya. Sin embargo, The Odyssey va mucho más allá de eso.
Por un lado, explora las consecuencias de la guerra a partir del pasado de Odiseo y de su ansiado regreso, que ocupa gran parte de la película. Por otro, reflexiona sobre la sobreidealización de las figuras que admiramos ciegamente desde el punto de vista de Telémaco. Así, durante casi tres horas, no vemos únicamente flechas siendo disparadas o espadas cortando cuellos, sino figuras que caen y vuelven a levantarse.
En el personaje de Telémaco vemos la sobreidealización de un héroe al que llama padre, pero a quien nunca ha conocido realmente y que nosotros, como espectadores, tampoco conocemos. Vemos figuras del pasado cuyo éxito y ferocidad en la guerra se nos han vendido como la gloria absoluta, como modelos ideales, pero detrás de esa imagen existe algo imposible de admirar: codicia, odio y sangre. ¿Es eso lo que forma a un héroe? ¿Cuál es el verdadero precio de construir esas figuras? Admiramos aquello que queremos ser, mientras intentamos ocultar aquello que podría deshonrarlas. Todo ello sirve para construir un relato casi divino, y eso es precisamente lo que ocurre con Odiseo.
Interpretado por Matt Damon, seguimos a Odiseo en su ansiado retorno a casa y, a través del montaje, conocemos al hombre tanto en el éxito como en la destrucción de su nombre. No por los sucesos que enfrenta, sino por sus propias acciones y creencias. El título de héroe se paga con el tiempo que permanece lejos de su hogar mientras intenta regresar. La figura de Atenea (Zendaya), de manera bastante explícita, funciona como el recuerdo de la barbarie cometida en Troya y evidencia cómo la justificación del hombre, tanto en el pasado como en el presente y el futuro, resulta vacía. El discurso de la paz prometida y de la felicidad que todos anhelan no es más que una mentira utilizada para demostrar quién es más fuerte o quién posee más poder.
El retorno de Odiseo puede verse como el regreso del héroe mítico. Yo, más bien, dejando de lado la épica de la batalla final, el uso del arco y las espadas cruzándose por todos lados, veo la aceptación de los errores y cómo la raza humana, haciendo un símil con nuestros tiempos, vive y probablemente seguirá viviendo en un ciclo interminable de violencia.
The Odyssey de Nolan es, entonces, una película que, en la grandilocuencia de sus imágenes y secuencias de acción, por momentos disfraza y por otros expone de forma bastante evidente un discurso fácilmente perceptible. No es una película compleja, ni necesita serlo. Explora cómo el mundo justifica día tras día las barbaridades que comete en nombre de una mentira llamada paz mundial. Es y no es una epopeya; es, más bien, un retrato de lo que somos.

Más allá de la película
Hay dos discusiones que han acompañado el estreno de The Odyssey y sobre las que vale la pena detenerse brevemente. Por un lado, existe una "queja" que más bien suena a capricho respecto al elenco que conforma la cinta. A quien escribe estas líneas le parece una discusión absurda e incluso innecesaria. No se puede simplificar una película a si obedece las convenciones mentales de las personas o si sigue al pie de la letra una obra, sea cual sea. ¿Faltar el respeto? No lo sé. Creo que hay formas mucho más dañinas de hacerlo que decidir qué actor o actriz interpretará a determinado personaje. En todo caso, si una obra debiera ser tan respetada, habría que ignorar primero las diversas adaptaciones previas y, además, limitar al mundo únicamente a la lectura de la primera versión. Nada de traducciones ni reinterpretaciones.
Por otro lado, existe una discusión respecto a la decisión de Nolan de filmar y estrenar su película en un formato que no es accesible para todo el mundo. En Latinoamérica, por ejemplo, no es posible acceder a una sala IMAX de 70 mm, pero considero que no me pierdo de nada. ¿Acaso un cineasta debe limitarse a explorar nuevos formatos o tecnologías? Yo creo que no. Es más, si se considera que el uso de ese formato constituye una forma de discriminación hacia quienes no pueden ver la película en esas condiciones, entonces quizá el resto de cineastas debería filmar directamente en digital y abandonar el celuloide, considerando que hoy en día la mayoría de salas proyecta digitalmente. Pienso que la imagen que un cineasta puede o quiere ofrecer al público no necesariamente afecta, si uno así lo decide, la experiencia del espectador. Una vez que vemos la película, sea en el formato o el medio que podamos, las imágenes automáticamente nos pertenecen. Somos dueños de lo que sentimos y de lo que interpretamos, y creo que eso va mucho más allá de si vemos o no la película en las condiciones ideales. Quizá, para los ojos de muchos alrededor del mundo, las imágenes siempre nos pertenecieron.




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