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Crítica de "La Gradiva" (2026), de Marine Atlan

hace 6 horas
4 min de lectura

La Gradiva (2026), de Marine Atlan, es probablemente una de las mejores películas del año. Situándose en el viaje de estudios de un grupo de jóvenes escolares franceses, previo a salir de la escuela, la cinta explora lo que todo coming-of-age ha abordado en cintas anteriores: crecimiento, descubrimiento y confrontamiento con el mundo interno. Tuvo su paso por la Semana de la Crítica del Festival de Cannes de este año y está recorriendo diversos festivales en este momento, como el NYFF. Sin la certeza de verla en Perú, se puede llegar a la película a través de medios alternativos.


Still de La Gradiva (2026). Película de Marine Atlan
"La Gradiva" (2026). Fuente: New Zealand International Film Festival

En La Gradiva, dirigida por Marine Atlan, seguimos a un grupo de estudiantes franceses de aparente clase social alta que se embarcan en un viaje de estudios a la ciudad de Nápoles, en Italia. Lo que debe ser un momento de aprendizaje académico y de adentrarse en la cultura del país de la bota termina siendo un viaje de descubrimiento sexual, identitario, amical y hasta social. Atlan, además de dirigir, se encarga de la dirección de fotografía junto a Pierre Mazoyer, algo que resulta importante para entender la manera en que la película observa a sus personajes.


Se nos presentan como estudiantes intrépidos, con las hormonas elevadas a más no poder, que consumen alcohol, fuman cigarrillos y se drogan en sus tiempos libres. Es en esa rebeldía que el enfoque de la directora va no solo hacia el libertinaje propio de la edad, sino también hacia el descubrimiento del mundo al que pertenecen. La cinta entonces se trata de un coming-of-age donde el camino que seguiremos a lo largo del metraje servirá para que todos los personajes presentados tengan un arco de evolución. Sobre eso la directora no reinventa nada. No es esto algo negativo ojo. Títulos de este estilo vemos año tras año, pero acá su enfoque particular desde el punto narrativo y visual hace que se destaque por sobre otras películas de distintas procedencias y estilos.


De la mano del personaje de la profesora y de una visita a un museo, nos preguntamos, junto a estos jovencitos, si existe belleza en el mundo a partir de una pintura. La misma no sirve solo como pretexto académico para seguir una rúbrica, sino también para identificar y llegar a respuestas sobre la sociedad de hoy en día.


Estos personajes conformados por un elenco de actores profesionales y no profesionales, cercanos  en cierta manera por tener la edad que tuvimos, pero lejanos también por no ser parte de nuestra generación, discuten temas que algunos abordan en su adultez o en los primeros años de universidad. Hablan de los salarios justos para los profesores, de las diferencias socioeconómicas entre ellos, del capitalismo y del comunismo, y cuestionan el mundo al que se adentrarán poco a poco luego de salir del colegio. ¿Viven en un cascarón o son conscientes de la cueva de Platón a la que pertenecen?


Pero así como discuten con cierta soltura temas que pueden escapar de su conocimiento o que abordan de manera muy pasional, pasan a temas propios de la edad: el ghosting, el sexo y las relaciones sentimentales que empiezan a experimentar. Aun cuando intentan ser grandes y fingir que conocen la vida, poco o nada de experiencia tienen en la realidad. Se nos presenta así una tragedia enmascarada por el sol de Nápoles y un viaje que resultan ser las vacaciones de algunos. El miedo entonces es sobre el futuro, los vínculos que tendrán y el lugar donde irán a estudiar. Así, la cámara danza entre el movimiento constante y la estabilidad. Pareciera entonces un viaje entre el cine documental y el cine de ficción.


Suzanne Gerin en La Gradiva (2026) de Marine Atlan
"La Gradiva" (2026). Fuente: iMDB

Es un estudio etnográfico de los adolescentes franceses: acompañamos sus rituales, sus momentos íntimos y sus formas de relacionarse para ver cómo son las juventudes de hoy en día, al menos las europeas. Pero también es una ficción que permite conocer a cuatro personas: una solitaria profesora, una estudiante ignorada, un estudiante sin rumbo alguno y un estudiante que vive en la simplicidad absoluta.


La cineasta va así del documental a la ficción, abordando estas cuatro líneas narrativas mientras conocemos al resto del grupo, pero sin perder el foco: un viaje de autodescubrimiento. Mientras uno descubre su identidad sexual y acepta que su futuro no será tan bueno como el de los demás, otro danza entre el contacto femenino sin responsabilidad afectiva alguna; una profesora cae en cuenta de la soledad en la que vive y una estudiante insegura encuentra en el alejamiento del resto del mundo su única forma de protegerse.


Si puede tenderse un puente entre La Gradiva y otras películas, podría decir que su forma de abordar la cinta como un documental por momentos recuerda mucho a High School, de Frederick Wiseman. La forma como mueve la cámara y enfoca discusiones y momentos particulares de los adolescentes se asemeja al cineasta estadounidense en su manera de retratar el sistema educativo de su país y las interacciones presentes. La cámara en la cinta francesa siempre observa, nunca interviene, sino que deja fluir cada momento que sucede delante del lente.


Los otros puentes son, en realidad, dos. Por un lado, Stand by Me, de Rob Reiner, especialmente por ese final donde se relata qué fue de cada uno de los personajes principales y el inminente futuro con sus consecuencias. Por otro, À l’abordage (2021) de Guillaume Brac en su manera de como acompaña el viaje de estos cuatro personajes que permite conocer su lado bueno y malo, a través de sus interacciones, comportamientos, miradas y diálogos.


La Gradiva es una película que retrata los dilemas de la juventud francesa a puertas de acabar la escuela, pero también cómo la situación del país y del mundo los va afectando. La vida, al final, no se reduce simplemente a las personas que nos pueden gustar o a las primeras experiencias sexuales, sino a un contexto más grande al que, lamentablemente, para estos personajes —incluyéndonos a nosotros— nunca es favorable, sino desigual. Presenta así Marine Atlan una forma particular de retratar la juventud a partir de sus miedos y cuestionamientos, pero también de prácticas tan simples como beber alcohol reunidos con música a todo volumen. Es en esa contradicción entre quienes quieren aparentar que ya conocen el mundo y quienes todavía están intentando descubrirlo donde encuentra buena parte de su fuerza.



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