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Crítica de “Sebastian” (2024): escribir con el cuerpo

Sebastian (2024) es el trabajo más reciente del cineasta finlandés Mikko Mäkelä. Fue estrenada en el Festival de Cine de Sundance en el 2024 siendo su trabajo más reciente. Ha sido nombrado por IndieWire como uno de los 25 cineastas LGBTQ en ascenso.


Escribe Leonel Matías Gutiérrez desde Córdoba, Argentina.

Sebastian
"Sebastian" (2025). Fuente: Iikka Salminen

¿Quién sos cuando la respuesta depende de quién pregunta? Sebastian (2024) parte de un escritor que se prostituye para investigar su novela, pero pronto el interés deja de estar en la práctica y pasa a estar en lo que produce en él. 


Max entra al sexo pago por ambición, quiere material, precisión, algo que legitime lo que escribe, pero la experiencia deja de ser herramienta y empieza a moldearlo. La película sigue ese corrimiento con paciencia. Cada encuentro exige una versión distinta: un tono para el cliente, otro para el editor, otro para los vínculos cotidianos. La prostitución vuelve visible un mecanismo que la excede: la necesidad constante de volverse legible para poder ocupar un lugar. Ahí encuentra su centro. Escribir y prostituirse comparten lógica. Siempre hay alguien esperando algo específico y alguien dispuesto a entregarlo. Cambia el soporte: en un caso se ofrece relato, en el otro presencia. El trabajo consiste en producir una forma utilizable de uno mismo.


Mäkelä filma con una calma incómoda. Las escenas sexuales pesan menos por lo explícito que por lo posterior: silencios, miradas sostenidas, pequeñas incomodidades que permanecen. El interés está en el momento en que el intercambio termina y todavía hay que sostener una posición frente al otro. 


Ruaridh Mollica sostiene esa ambigüedad con precisión. Max aprende rápidamente cómo debe comportarse. Más que un conflicto interno visible, aparece un ajuste continuo entre lo que se espera y lo que se entrega. Ahí la película se vuelve clara. El sexo deja de ser el tema porque funciona como una forma de trabajo entre otras: producir una versión aceptable de uno mismo. La experiencia y el personaje se confunden hasta volverse indistinguibles. El cierre evita la resolución enfática y deja una impresión persistente: la identidad empieza a organizarse desde afuera antes de sentirse desde adentro.


Por eso Sebastian pierde cualquier aire provocador y se vuelve cercana. Lo que muestra no pertenece a un mundo excepcional, sino a una forma contemporánea de existir: aprender a ser alguien a partir de lo que otros pueden reconocer. 



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