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Crítica de “My Storylof" (2025)

Benjadoes (Benjamin Doig Espinoza) ha estrenado su ópera prima bajo el nombre de My Storylof. ¿La sorpresa? No solo la dirige, sino que también la protagoniza junto a un elenco de no actores. Acá el cineasta abre su corazón para contar la historia de su primer gran amor y todos los tropiezos que atravesó con este. 


My Storylof (2025)
"My Storylof" (2025). Fuente: YouTube

Hace un tiempo, quizá desde el 2022, empecé a preguntarme cómo serían las generaciones futuras de cineastas. Difícil que aparezca una como la de la Nueva Ola Francesa, época en la que se cuestionaba todo y donde ese “todo” era relativamente nuevo. Difícil también que surja algo similar al Nuevo Hollywood, donde se apostó por un talento joven con ganas de hacer cine a como dé lugar. Vale mencionar que aquel mundo estaba marcado por conflictos políticos y económicos distintos a los de hoy, aunque tampoco estamos libres de ellos. Su escala y enfoque han derivado en otros sucesos que se viven y discuten día a día, tanto a nivel internacional como nacional.


Es en ese contexto que la nueva generación de cineastas de mi edad (25 años) ha crecido en un mundo atravesado por el desarrollo de internet. Las herramientas de la modernidad permitieron a las personas ser espectadores y, a la vez, creadores. Hoy en día, múltiples figuras que rondan los 35 años son ya viejas glorias de un universo youtubero cuyo éxito fue en la década de 2010, mientras nuevas voces han ido apareciendo. En paralelo, otras plataformas surgieron ofreciendo aún más recursos a quienes querían ser escuchados.


Retomando la pregunta inicial —¿cómo serían las generaciones futuras (o presentes) de cineastas?—, mi respuesta era sencilla: habrían sido, o lo son, youtubers, tiktokers o creadores de contenido, en mayor o menor medida. Es en este escenario donde Benjamin Doig Espinoza, conocido como Benjadoes, estrena a nivel nacional su ópera prima titulada My Storylof.


Con esta introducción debo aclarar algo: el “contenido” que Benjadoes hacía en sus inicios nunca me atrajo. Me parecía estúpido y sin valor alguno. Más allá de los números que dan notoriedad en redes, generan ingresos y permiten armar una carrera, para mí no era más que otro de tantos creadores de contenido que abundaban en el algoritmo peruano. Sin embargo, al enterarme —o mejor dicho, sorprenderme— con el tráiler de su propia película, sentí entusiasmo, aunque ese interés se desvaneció tras verla en el cine.


My Storylof cuenta la historia del propio Benjamin Doig, un joven que migra a Lima para estudiar Comunicación. Allí conoce a varias personas, entre ellas Valeria, de quien se enamora. Palabras van, palabras vienen, y lo que pudo ser una relación nunca sucede porque Valeria conoce a otra chica, Alessia. Con ella, Benjamin empieza una relación meramente carnal, aunque con el tiempo surgen sentimientos. Aun así, no progresa. Cuando intenta iniciar un noviazgo con Valeria, este resulta un sube y baja constante que finalmente lo deja solo, llevándolo a una catarsis: escribir una película sobre sus fracasos amorosos.


Benjamin Doig, más allá de bromas sobre tutoriales de dirección relacionados a otros “directores”, sabe que lo que quiere contar nace de algo honesto: su propia vida. Muchos cineastas primerizos optan por adaptar un fragmento de su vida y suavizarlo, en mayor o menor medida, con ficción, como lo hicieron François Truffaut en Los 400 golpes o Greta Gerwig en Lady Bird. No digo que la obra de Doig se acerque a estas, ni debería hacerlo, pero sí aplaudo su voluntad de narrar algo real hasta cierto punto y, por lo mismo, también aplaudo el hecho de él mismo personificarla junto a un elenco de no actores.


No es solamente el hecho de no tener caras conocidas, sino de contar con personas que se vuelven personajes reales con frases y modismos cercanos a su generación o que mantienen cierta relación con este mundo. Sí, peca en exceso de muletillas y frases como “weón”, “alucina” y derivados, pero para mí esa naturalidad le da valor al trabajo actoral y de dirección que realiza Doig. No busca estereotipos, por más que estos chicos lo sean (¿acaso no lo somos todos?), sino que esas frases, actitudes y gestos los hacen únicos frente a otras concepciones de adolescentes o preadultos en el cine. Del lado contrario, el hecho de trabajar con no actores profesionales genera que en los momentos de mayor tensión o profundidad emocional no lleguen a la nota, por no contar con las herramientas que da la propia labor del actor.


Algo curioso de la película es cómo se muestran las relaciones modernas que callan aquello que sienten y priorizan el placer antes que la honestidad consigo mismos. Lo denso se transmite más como un insulto o una broma. Resulta que las confesiones o secretos más importantes son siempre a través de una pantalla, en silencio absoluto. Atrás quedaron las declaraciones de amor gritadas a todo pulmón. Ahora todo es por WhatsApp, con mala ortografía, exceso de signos de interrogación y mil lisuras de por medio. Si te digo que me gustas o que quiero tener sexo, lo hago con un mensaje, nunca de frente. A lo mucho a través de una llamada o, si es presencial, leyendo un texto escrito en un smartphone, pero jamás surge directamente de uno. Las generaciones de ahora (me incluyo) se escudan en las pantallas como si fueran un alter ego o una identidad secreta. Como si los sentimientos y la honestidad fuesen una trampa, y las caretas tuvieran que mantenerse sí o sí para no ser dañados. Creo que más allá de cómo son las relaciones modernas, la película muestra cómo hoy todo pasa por una pantalla y unos caracteres.


En sí, la película de Benjamin Doig, aka Benjadoes, no es una obra maestra. No debe serlo ni creo que él busque hacer una, pero sí le da un aire fresco al menos a las óperas primas nacionales estrenadas este año. Obvio, hay excepciones que están varios escalones más arriba. My Storylof es una demostración, por un lado, de los recursos económicos con los que contó la producción: una escena musical en pleno centro de Lima con la calle vacía, así como una secuencia en Estados Unidos. Por otro lado, del poder de contar con marcas auspiciadoras que, a decir verdad, no invadieron la cinta con logotipos gigantes, sino que hicieron presencia de manera natural.


Es también un ejemplo de que poco cine adolescente se ha hecho en el Perú en los últimos años. Quizá lo que más palidece, aparte de la performance de los actores en los momentos más vulnerables, es no darles la profundidad que necesitarían. Conocemos el lado A, los chicos que van y vienen a fiestas, pero nada más. Quizá el error es partir de estereotipos incluso cuando no haya intención de que lo sean. La fotografía cumple, pero no da ese plus para hacer la película verdaderamente notable. Hay planos que remiten a Wong Kar-Wai, pero se sienten como un calco sin aquello que lo hace característico.


Hay algo en Doig que espero siga explorando a futuro. Al menos de mi parte, ya cuenta con un espectador.



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