Crítica de “Sinners” (Pecadores) (2025) y el oficio del artista
- Mariano Viza T.

- 9 jul 2025
- 4 Min. de lectura
El pasado 4 de julio se sumó al catálogo de HBO Max la película más reciente del director Ryan Coogler: Sinners (Pecadores). Aunque en la superficie parezca una historia sobre humanos enfrentando vampiros sedientos de sangre mientras suena buena música, la película en realidad reflexiona sobre el oficio del artista en un mundo profundamente mercantilizado.
Escribe Mariano Viza T.

Ryan Coogler es de esos directores que, más allá de un estilo visual reconocible, ha construido una línea editorial coherente. Su filmografía está marcada por personajes afroamericanos y temáticas ligadas a la cultura negra. No por nada su ópera prima, Fruitvale Station (2013) retrata el último día de vida de Oscar Grant, un joven negro asesinado por policías. Luego dirigiría Creed (2015), spin-off de la saga Rocky centrado en el hijo ilegítimo de Apollo Creed. Más tarde vendrían Black Panther (2018) y su secuela (2022) para Marvel/Disney, que giran en torno al superhéroe africano T’Challa y su lucha por el trono de Wakanda. Este año estrenó Sinners (2025), una cinta sobre dos hermanos gemelos que intentan dejar atrás sus vidas problemáticas, aunque el pasado, como era de esperarse, siempre regresa. Es curioso cómo en toda su carrera ha contado con Michael B. Jordan, ya sea como protagonista o antagonista, y cómo ha retratado —con historias reales o de ficción— la experiencia negra. Sinners no es la excepción: representa una nueva muestra de su evolución como autor.
Michael B. Jordan, actor fetiche de Coogler, interpreta a los gemelos Smoke y Stack, quienes han regresado a casa luego de combatir en la Primera Guerra Mundial. Todo indica que, tras su servicio militar, se involucraron en actividades criminales. Ahora, retirados, buscan empezar de nuevo con el dinero acumulado, montando una cantina donde reinan el blues, el alcohol, el baile y las apuestas. Su retorno los conecta con viejos vínculos familiares, como el joven Sammie (Miles Caton), primo de los gemelos, quien sueña con dedicarse a la música. Sin embargo, su padre —el reverendo del pueblo— ve en el arte y en el blues una puerta al pecado. También regresan antiguos amores como Mary (Hailee Steinfeld) y Annie (Wunmi Mosaku), junto a personajes arquetípicos como Delta Slim (Delroy Lindo), el músico borrachín del pueblo. Pero la amenaza no tarda en aparecer: el mal acecha en forma de supremacistas del Ku Klux Klan y vampiros sedientos de sangre.
Sinners comienza como una historia autoconclusiva, pero tiene el potencial de convertirse en el inicio de una saga que mezcla música y criaturas sobrenaturales. Curiosamente, yo no sabía que era una película de vampiros hasta que alguien me lo dijo; quizás porque no imaginaba a Coogler trabajando esta temática ni tratando de integrarla a su discurso habitual. Lamentablemente, me perdí la experiencia de ver las imágenes de Autumn Durald Arkapaw en una pantalla IMAX o de escuchar la partitura de Ludwig Göransson en toda su potencia. Aun así, la cinta transmite una vibra poderosa: la cantina estalla en sonidos de blues a todo volumen, y ese torrente musical conecta el pasado, presente y futuro de la cultura negra a través del tiempo.
Intentar racionalizar o sobreanalizar esta película quizás sea innecesario, porque nos distrae de lo que Coogler realmente quiere contar. Más allá de los vampiros, la sangre, las balas y las espectaculares escenas de acción, el director nos habla del rol del artista en la sociedad. Sammie, con su música, es capaz de invocar espíritus del pasado y del futuro. Tal como dice Remmick —el líder vampiro que ataca la cantina—, eso le otorga el poder de la inmortalidad. A través de Sammie, Coogler plantea una dualidad: el artista puede ser fiel a sus principios, buscando una expresión auténtica y personal, o puede rendirse a una industria estandarizada, que lo moldea, lo vacía, y lo reemplaza apenas surja una nueva moda.
Este dilema se extiende a otras áreas creativas: los directores que filman blockbusters sin voz propia, convertidos en piezas funcionales de una maquinaria, o los productores musicales que dictan qué sonido debe seguir ese joven artista salido del anonimato. La película sugiere que hay algo vampírico en ese sistema: chupa energía, desecha individuos, y nunca se sacia.
Esta idea se cristaliza en el final: un Sammie envejecido, pero exitoso, se reencuentra con Stack y Marie —ahora convertidos en vampiros—, quienes le ofrecen la inmortalidad. Él la rechaza. Quizá porque fue su arte lo que lo salvó, y no la promesa de una vida eterna libre de pecado. Quizá porque entendió que el verdadero triunfo del artista está en mantenerse fiel a sí mismo, incluso cuando el mundo a su alrededor quiere devorarlo.
Yéndome un poco en floro, quizá puede hacerse una analogía con el oficio del futbolista hoy en día. Más allá de los representantes sanguinarios o las múltiples marcas que los auspician, parece que ya no se trata de destacar realmente en la élite, de ser un one-club man o de ganar la Champions, sino de encontrar el lugar donde más dinero caiga en la cuenta bancaria. ¿Es acaso eso suficiente? No lo sé. Pero para mí, la gloria no está donde sacan más petróleo. Igual, yo no le he ganado a nadie.
Espero haber dicho algo (mínimamente) importante.




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