Crítica de "Violent Cop" (1989), de Takeshi Kitano
- Mariano Viza T.

- 11 jul
- 3 min de lectura
Explorando el vasto catálogo de mi dealer de películas piratas en Polvos Azules, me topé con un título que alguna vez había visto mencionado en algún tuit o en una de esas cuentas que publican frames de películas de diversas procedencias. Sin dudarlo, la agregué a la lista y la llevé a casa. Se trataba de nada más y nada menos que Violent Cop (Sono Otoko Kyobo ni Tsuki, 1989), de Takeshi Kitano. A continuación la crítica.
Escribe Mariano Viza T.

¿Cómo debería enfrentarse el crimen desbordado en un sistema que está corrompido hasta la médula? ¿Cómo enfrentarse al mal que parece ganar la batalla en las calles día tras día? Son preguntas que uno se hace a diario en diversas partes del Perú y que, a su manera, Kitano también plantea en Violent Cop, cinta que protagonizó y dirigió a fines de los años ochenta.
Aquí seguimos al detective Azuma, un policía que nunca duda en hacer uso de la violencia física, incluso llegando a extremos nada éticos. Lo hace con el fin de combatir la delincuencia en las calles, ya sea enfrentándose a adolescentes revoltosos o a la mafia japonesa sobre la que tanto se ha leído en los medios. Sin embargo, cuando todo empieza a desmoronarse, comenzando por la muerte de un colega corrupto y el secuestro de su hermana a manos de narcotraficantes, Azuma lleva su lucha a un nivel superior.
La cinta podría seguir el camino de otras películas policiales o de investigación, centrando su relato en la búsqueda del asesino o del grupo que lidera toda la organización criminal. Sin embargo, para Kitano lo verdaderamente importante no está en ese seguimiento pista tras pista. Ese elemento existe, pero el mayor peso recae en el viaje de su protagonista y en cómo, poco a poco, va deshumanizándose. La violencia que, en un principio, aunque ya desmedida, servía para que los delincuentes admitieran sus delitos, empieza a convertirse en el medio para el desquite personal de Azuma. Aquella ética que debería ser inherente a su profesión desaparece en un sistema que no recompensa las buenas costumbres o que, directamente, parece no tener como objetivo frenar el crimen.
Así, a lo largo de la película, Kitano muestra la fragilidad de las instituciones, la fortaleza de los grupos criminales y cómo los verdaderos responsables no son sujetos armados hasta los dientes ni hombres cubiertos de tatuajes. Deja de lado los clichés asociados a la yakuza. El verdadero terror lo encarnan quienes controlan a estos sujetos: hombres vestidos de traje que pasan fácilmente desapercibidos por la calle. Asimismo, decide alejar la acción de esa imagen más difundida de Japón, asociada a las luces de neón y a los mares de personas que cruzan las calles. El foco está puesto, por un lado, en calles estrechas y recónditas que llevan a los personajes al límite y transmiten su agotamiento. Por otro, en espacios deteriorados cercanos al mar, oscuros y marcados por la precariedad, donde los callejones no albergan restaurantes iluminados ni oficinistas compartiendo sake al terminar la jornada, sino personas que sobreviven en condiciones mucho más adversas. Es el reverso de esa imagen idealizada del país.

El combate final entre un hombre que ha sido despedido de la profesión a la que dedicó toda su vida y un asesino sin escrúpulos no responde al clásico enfrentamiento entre el héroe y un villano oculto o un traficante que pasó desapercibido a vista y paciencia de todos. Es, por el contrario, el choque entre dos animales sedientos de sangre, en una secuencia donde todo rasgo de humanidad ha desaparecido. Entre sangre y balazos, la película concluye con un plano en el que las columnas parecen convertirse en las lápidas de unos personajes cuya existencia ha quedado reducida a la violencia absoluta.
Violent Cop no es, entonces, una película que muestra sangre y dispara balas sin propósito alguno. Es una cinta que evidencia cómo la violencia y la corrupción terminan desdibujando la frontera entre policías y criminales. Su interés no está en descubrir quién mueve los hilos desde las sombras, sino en observar cómo ese círculo de violencia acaba consumiendo a quienes creen combatirlo. Al final, el círculo de la violencia es tan inacabable como el de la corrupción.
En una función doble la colocaría junto a Memories of Murder (2003), de Bong Joon-ho. Aunque esta sí construye su relato alrededor del misterio, ambas películas terminan retratando cómo la obsesión y la violencia transforman a quienes intentan impartir justicia.




Comentarios