Crítica de "Álbum de familia" (2024), de Joel Calero
Lo nuevo del cineasta peruano Joel Calero y el cierre de su conocida y mencionada trilogía política ya ha llegado a salas comerciales: Álbum de familia. En su segunda semana en cartelera y con, lamentablemente, menos horarios, la cinta explora otro aspecto del conflicto armado interno o época del terrorismo (ninguno término minimiza o engrandece al otro). Esta vez ya no se aborda a una expareja de “emerretistas” o a la hija de un exguerrillero, sino que se enfoca en una familia del otro lado del frente: el militar.
Escribe Mariano Viza T.

Una pequeña (?) introducción
¿Podría uno centrarse solo en hablar de la película, ignorando no solo la historia del pasado, sino también la del presente? ¿Y posiblemente lo que pueda acontecer en el futuro? En lo personal, creo que no, pues no se trata de una ficción que tome elementos de la imaginación del autor, como un romance fallido o una aventura espacial. No es que este tipo de cintas no merezcan ser apreciadas con seriedad o que, por pertenecer a un género más comercial, no merezcan estar en la memoria de las personas. Un romance puede estar situado en una época de conflictos o guerras, así como una cinta de ficción puede hablar sutilmente del fascismo u otras épocas de la historia.
Hago esta acotación o introducción para entrar a Álbum de familia y al cine de Calero como un cine que no es ajeno a su historia ni a su contexto. A lo largo de tres películas y diez años de diferencia, centrándonos solo en los estrenos comerciales, su trilogía ha abordado una época difícil en la historia del Perú. Una época, además, que hoy en día se bastardiza como recurso para tergiversar la historia a favor de quienes tienen o toman la palabra a su antojo. Años atrás hubo un revuelo con La piel más temida, sobre la cual también se escribió en este medio. La queja, si así se le puede decir, fue completamente absurda y el resultado que vociferaba una inmediata censura llevó, en cambio, a que la cinta fuera un éxito y convocara a más gente.
Lo mismo ha sucedido, en mayor o menor medida, con Álbum de familia. No ha causado el revuelo de su antecesora, pero sí dialoga, más allá de lo que cuenta la cinta, con lo que se vive ahora en tiempos políticos y de supuesta democracia: un Estado (o miembros del mismo) que busca tapar o ignorar un pedazo de la historia a su antojo, justificando la barbarie como una medida necesaria. ¿Qué sucede entonces? La usurpación y tergiversación de la historia de un país aún herido.
Sobre la película
Álbum de familia aborda la historia de Alex (Emmanuel Soriano), un artista gráfico e hijo de un militar (Lucho Cáceres), quien, por pedido de su tía, debe ir a recoger las cosas amontonadas en un cuarto de su casa convertido en depósito para que puedan alquilarlo. Entre las cosas que va revisando junto a su hermana Titi (María Fernanda Valera), descubre una serie de fotos de su madre, quien supuestamente los abandonó, en una época en la que se la veía más feliz, además de unos rollos misteriosos por revelar. La curiosidad mató al gato, dice el popular refrán, y es lo que sucede: descubre el origen de la felicidad y el misterio de los rollos. Estos revelan el pasado de su padre como militar, donde se evidencia que mandó a matar a campesinos inocentes en plena época del terrorismo en Ayacucho. Así, con la verdad en sus manos, desata una bola de nieve que solamente va en picada, afectando su próxima paternidad, la relación con su esposa, su hermana y, más aún, con su padre.
Calero decide contar la historia y cerrar su trilogía en blanco y negro. Probablemente, para mostrar los dos lados de la historia o de una verdad que puede estar direccionada por la historia que cada uno ha visto. No se trata de buenos y/o malos en la película, sino de perspectivas. La presencia de la madre y el arco que se desarrolla a lo largo de la cinta en torno a la verdad de su pasado, a si se fue con otro hombre o a por qué los abandonó, evidencia que la verdad solo se sabe dependiendo de quién la cuente, pero, más aún, de quién tiene el poder sobre la palabra y la historia.

Siguiendo esto último, es que cobra relevancia la presencia del padre, interpretado notablemente por Lucho Cáceres. No es un padre violento, no en primera instancia, sino uno que desborda, por un lado, cierta masculinidad y porte militar, pero, por el otro, una paternidad que evoca ternura. Y es ahí donde se obedece esta línea del poder sobre la palabra y la historia. Este ha criado a sus hijos sobre la base de una historia en la que él es el héroe, en la que su madre los abandonó y en la que se encargó él solo de criarlos junto a la «nana» que tenían en casa. Pero se trata solo de una tergiversación de la verdad, puesto que en el pasado por poco mata a la madre antes de que los abandone y, además, fue él quien dirigió la matanza de una comunidad inocente, de la que la nana que los crió era sobreviviente.
Cáceres, entonces, pasa de un arco de padre amoroso a uno en el que la violencia, una vez más, es la única forma de conseguir respuestas. Acá Calero acierta, ya que, así como los recuerdos del personaje de Soriano son difusos en cuanto al pasado de la relación de sus padres, tampoco vemos la violencia que este ejerce para recuperar las fotos que su hijo ha encontrado después de tanto tiempo. Se configura así la mirada de sus personajes en la ficción y la de nosotros como espectadores, al no ver lo que sucede con respecto a las figuras que hemos ido construyendo. ¿Es posible, entonces, que el padre amoroso con sus hijos sea también una bestia animal cuando se trata de conseguir lo que quiere? ¿La ternura ha sido un disfraz?
La interpretación del mismo como padre militar me parece destacable porque pasa de ser amoroso a ejercer una violencia calmada. No peca de histrionismo alguno ni de gestos exagerados, como poner la voz más seria o hasta gritar. En cambio, maneja todo de manera sutil, casi invisible, levantando solamente las cejas o frunciendo el ceño, pero sin parecer una caricatura.
La cinta aborda así cómo este relato sobre los padres se va desdibujando, pero también lo que genera en los hijos. Soriano pasa por un arco en el que deja de ser un hijo que busca respuestas, inicialmente de manera involuntaria, para convertirse en alguien que sufre todo lo que la verdad conlleva. Pasa de un malestar físico a uno psicológico, casi fracturando su matrimonio, su naciente familia y la relación con su hermana y su padre. Del otro lado está la hermana, que, a diferencia del protagonista, decide no confrontar el pasado, sino ignorarlo y vivir con él, aun sabiendo una parte de la historia. ¿No es esta una representación de lo que se vive hoy en nuestros tiempos? ¿Personas cómodas en el presente, ignorando el pasado, no por lo terrible, sino por lo incómodo? No se trata, entonces, de buenos o malos, sino de lo compleja que puede ser esta confrontación histórica con nuestra propia sangre. El final no es uno heroico en el que el personaje principal revela al mundo el crimen de su padre, recibe aplausos y el país mejora. Contrario a eso, demuestra que el camino venidero será mucho más difícil, pero comprende las posiciones de cada uno: confrontar o ignorar.
Si hay algo con lo que no conecté de la película es la decisión de utilizar planos aberrantes que, aunque de manual sirven para alterar el orden de las cosas y de lo que vemos, en la práctica no terminan siendo un acierto, porque la construcción misma de la película ya se había encargado de generar ese sentimiento de terror y desconcierto. Lo mismo sucede con la secuencia de terror en los sueños que, más claro que el agua, evidencia que el descubrimiento del protagonista lo está carcomiendo poco a poco. Otra cosa que me pregunto es: ¿cuál era la necesidad de construir una escena de sexo? Dejo ahí la pregunta.
Álbum de familia es, entonces, el cierre de la trilogía política de Joel Calero, pero también una confrontación con la historia y las verdades que hemos creído o construido con el pasar del tiempo. No se trata de buenos y malos; ninguna de sus películas, en realidad, se ha tratado de ello, sino de ver lo que hay detrás de estas personas. La vida y la realidad entonces no es un blanco y negro, más bien, es un cúmulo de grises. Depende de nosotros cuál vemos.





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