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11 Semana del Cine ULima: Crítica de “Vino la noche" (2024)

Con un recorrido por diversos festivales internacionales, la ópera prima del cineasta Paolo Tizón, Vino la noche (2024), formó parte de la Muestra Nacional de Largometrajes de la 11ª Semana del Cine organizada por la Universidad de Lima. La cinta tuvo también un destacado recorrido internacional, obteniendo el Premio Especial del Jurado en el Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary (2024) y el Premio a Mejor Dirección en el Festival de Málaga (2025).


Vino la noche (2024)
"Vino la noche" (2024). Fuente: Cinencuentro

En Vino la noche, Tizón sigue a un grupo de jóvenes que se enlista en un exigente entrenamiento militar dentro de las Fuerzas Armadas peruanas. Su objetivo: convertirse en hombres de guerra y llegar al combate. Sin embargo, la amenaza a la que se enfrentan es otra, invisible. Así, el espacio donde impera la dureza y se busca alcanzar la cúspide de la hombría se transforma en uno donde surgen la compasión, los miedos, los deseos y el cuidado mutuo.


Podría decirse que la mirada de Tizón no busca cuestionar abiertamente a sus personajes ni a las instituciones que los moldean. Incluso podría parecer tibia frente al contexto que retrata: un entrenamiento deshumanizador, una rutina que premia la fortaleza y empuja al más débil a caer. ¿Qué hace, entonces, un director ahí? Los acompaña. Muestra lo rudo del proceso sin desligarlo de lo humano: lo que aún sobrevive dentro de esos jóvenes que se mantienen unidos. Esa es su postura. No los filma desde la lejanía, sino que se vuelve parte de ellos.


Lo consigue “encerrándolos” dentro del formato 4:3, una elección que comprime el encuadre y transmite la sensación de opresión. Los personajes se agrupan, se rozan, buscan calor como si estuviesen a la intemperie, bajo cero, resistiendo juntos. En ese marco estrecho, Tizón observa su día a día, mostrando tanto la severidad del entrenamiento que los convierte en hombres como los resquicios de humanidad que aún conservan.


El relato transita de los explosivos y saltos en paracaídas a conversaciones íntimas: novias, padres, dudas. En uniforme, son hombres preparados para el enemigo; fuera de él, siguen siendo hijos, amigos o parejas. La imagen del soldado recto se deshace poco a poco y da paso a la vulnerabilidad, a los miedos que se intentan borrar mediante una disciplina que castiga la debilidad. Pero quizá esa misma debilidad es la que los mantiene en pie frente a las pruebas que atraviesan.


El uso del sonido es uno de los recursos más potentes del film, complementando el vigor de su propuesta visual. En el silencio de la selva o en el descanso del cuartel, el espectador se ve absorbido por la atmósfera; los gritos del esfuerzo físico durante el entrenamiento revelan la tensión entre cuerpo y mente. Tizón, junto al trabajo de Jonathan Darch, emplean el sonido como espejo de la masculinidad en crisis, donde la hombría se resquebraja ante el poder de la cámara y entramos al infierno de este mundo.


El clímax llega con la secuencia final, cuando el enemigo invisible —el miedo— se manifiesta al caer la noche. En medio de la oscuridad, entre gritos, insultos y el rugido del mar, el sonido se vuelve casi táctil. Tierra y agua se confunden, y la secuencia adquiere la fuerza de un bautizo: la calma tras la tormenta, el tránsito del infierno al cielo. La humanidad, supuestamente borrada por el entrenamiento, persiste.


Vino la noche es una cinta ensordecedora, física y viva. El miedo a un enemigo invisible no se expresa a través del combate, sino del sonido y la espera. Tizón nos enfrenta a jóvenes que buscan un enemigo que quizá nunca llegue, mientras la verdadera batalla ocurre dentro de ellos: la de no perder su humanidad.



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