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29 Festival de Cine de Lima: Crítica de “El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja)” (2025)

Como parte de la Competencia Ficción del 29° Festival de Cine de Lima se proyectó la película mexicana El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja), ópera prima del cineasta Ernesto Martínez Bucio, por la cual ganó el Oso de Plata en el reciente Festival de Cine de Berlín.


El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja) (2025)
"El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja)" (2025). Fuente: DA Film Festival

En El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja) (2025), seguimos a un grupo de hermanos que han sido abandonados por sus padres, sin que la película explique los motivos. Quedan así al cuidado de su abuela, una mujer desconfiada que afirma haber visto al diablo. En este contexto, la línea entre lo real y lo fantástico comienza a difuminarse a medida que avanza el relato.


Para alguien que creció solo con su abuela materna, y que apenas pudo disfrutarla en su lucidez, esta película genera ternura y, al mismo tiempo, cierta cercanía. En su casa se formaba un pequeño universo alejado de lo habitual, dando lugar a días excepcionales en una niñez privilegiada. Lo mismo sentí con la película de Martínez Bucio y el lazo que construye entre la abuela y sus cinco nietos, aunque ella sea, por momentos, descuidada con ellos.


Aunque solemos asociar la figura de una abuela con ternura y sensatez, aquí sucede lo contrario. Existe un cariño tácito entre ella y los niños, pero su cordura es prácticamente nula. Entre ruidos y objetos, se sugiere la presencia del diablo que acecha la casa, aunque en realidad parece ser el mundo exterior irrumpiendo en su burbuja. La anciana, desde su inestabilidad mental, construye —o habita— una fantasía a la que los nietos ingresan poco a poco, pero por una vía inusual: la violencia.


Esa violencia no es física, sino emocional y psicológica. Conocemos a estos niños en toda su complejidad: ríen, lloran, se protegen, se golpean, roban y se pelean. Estas experiencias, pequeñas o grandes, les imponen un crecimiento forzado frente a los golpes de la vida. Todo ello, orquestado —consciente o no— por la abuela, cuya fragilidad mental termina marcando el rumbo de sus nietos.


El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja) es una película que retrata infancias obligadas a crecer en un entorno donde la violencia emocional reemplaza a la contención. Los niños enfrentan el duelo por su mascota y el abandono de su niñez, todo dentro de un marco de fantasía, como si se tratara de rituales para pasar de niño a adulto. Eso sí, esta violencia nunca se presenta de manera explícita, ni hacia los personajes ni hacia nosotros como espectadores. Es en ese mundo de fantasía donde se hace visible, a través del juego y los diálogos que van teniendo. Incluso en los momentos más duros, como la muerte del perro, el impacto se sugiere pero nunca se muestra: lo escuchamos, pero no lo vemos.


El trabajo de Martínez Bucio al dirigir al elenco infantil es notable. Logra extraer de ellos un rango emocional amplio, especialmente si se trata de sus primeras actuaciones. Sin embargo, el componente religioso —ya sea desde la figura de Dios o del diablo— apenas se insinúa, desperdiciando una dimensión simbólica que pudo haberse desarrollado más, así como los videos que se van alternando en la película. Considero que si se eliminara esos elementos de la historia, poco o nada se alteraría.



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